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Nadie sabe lo que pesa la carga ajena. "APUESTO A ETANOL "por invertir en proyectos de energía alternativa; y la energía geotérmica.
2 Junio 2012
2 Junio 2012
1 junio, 2012 a las 11:44 am

Fue la más fuerte movilización desde el inicio del reclamo. Participaron organizaciones sociales y sindicales, dirigentes del Justicialismo, legisladores y La Militante del delasotismo. La marcha se concentró en el Concejo Deliberante.
1 Mayo 2012
Hace cuarenta años, en La Real de Avellaneda, no sólo moría García
Se cumplen cuarenta años del tiroteo en la confitería La Real en el que resultaron muertos el dirigente de la UOM Rosendo García y dos militantes de la resistencia peronista. El hecho fue narrado por Rodolfo Walsh en ¿Quién mató a Rosendo? Aquí, la historia de Domingo Blajaquis, uno de los asesinados menos conocidos y, a decir de Walsh, "un auténtico héroe de su clase".
Por Enrique Arrosagaray [14/05/06]
"... El Viejo estaba mordiendo una porción de pizza cuando la bala se le metió en el pecho, por el costado", asegura Francisco Alonso tocándose debajo de su axila derecha. Alonso estaba sentado en la otra punta de la misma mesa, a un metro, cuando se apagaba el 13 de mayo de 1966. "Ese tiro –agrega Alonso–, como todos los otros, vino de la mesa en donde estaba el Lobo Vandor con su troupe. Quedó sentado el Viejo, sangrando, muriendo."
Cuatro horas antes, el "Viejo" Domingo Blajaquis había salido de una sociedad de fomento de Gerli con dos o tres amigos y marcharon al centro de Avellaneda, a una reunión de solidaridad con un gremio del Norte que estaba en lucha. Luego llegaron a la esquina de la plaza en donde se encontraron con Raimundo Villaflor, obrero de la Conen, una fábrica de jabones, quien a las diez de la noche había terminado su turno iniciado a las dos de la tarde. Cruzaron la avenida y entraron a la confitería La Real, que era también pizzería, café y lo que venga.
Francisco Granato –31 años, alto, pelo oscuro– invitó con la pizza porque había cobrado unos pesos extra. Era obrero en la planta del Docke de la Shell. Pero exigió esquivarle al vino tinto porque no andaba bien del estómago, pidieron blanco. En la mesa estaban Domingo Blajaquis, los hermanos Villaflor, Horacito –creemos que es Miguel Gomar–, Juan Zalazar y los mencionados Granato y Alonso.
A seis o siete metros –en el mismo salón–, varios sindicalistas y políticos tomaban whisky y charlaban. Augusto Vandor, Rosendo García, Petracca, Valdez, Saffi, el Beto Imbelloni, Gerardi, Armando Cabo, etcétera.
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La trifulca comenzó a los minutos por miradas desafiantes y porque a Horacito lo apretaron en el baño unos hombres de Vandor. Los primeros puñetazos fueron entre Raimundo Villaflor y Rosendo García, y entre Rolando Villaflor y el Beto Imbelloni. Sonaron varios disparos desde la mesa de Vandor seguramente porque los invadió ese cóctel tan peligroso compuesto por el alcohol, el miedo y el odio. Un disparo partió la espalda de Rosendo García. Otros dos se metieron en los cuerpos de Blajaquis y de Juan Zalazar –38 años, cinco hijos, vivía en Wilde, casado con Juana Fernández–. Otros balazos marcaron mesas, mármoles y columna. Una más terminó en un glúteo de Saffi.
Los diarios hablaron de los hechos porque hubo tres muertos y uno de ellos de prestigio. Rosendo García era secretario nacional adjunto de la poderosa UOM y se perfilaba en esos días hacia la candidatura a gobernador de la provincia de Buenos Aires por el justicialismo.
De Blajaquis casi no habló nadie más que Rodolfo Walsh, con emoción profunda, pero en el marco represivo de la dictadura de Juan Carlos Onganía.
Domingo Blajaquis era el jefe del "grupo Avellaneda" de Acción Revolucionaria Peronista (ARP), un núcleo que tuvo pocos años de vida, orientado hasta la médula por John William Cooke. Su perfil político era de raíces peronistas pero con gran adhesión a la Revolución Cubana. Todos los integrantes de aquella mesa en La Real reconocían el liderazgo de Blajaquis.
Hijo de Crispina Díaz y de Juan, Blajaquis nació el 19 de julio de 1919, como coletazo de la Patagonia Trágica.
Era un tipo alto y corpulento, con una frente que le penetraba el cuero cabelludo, cara redonda, bigotes, lentes intocables y, cuentan, una constante predisposición a charlar, a explicar, a contar. Le decían "El Químico" porque estudió esa ciencia, porque como obrero curtidor sabía de ácidos, y por fabricante de "caños". También le decían "El Griego" por su apellido heleno, y además le decían "El Viejo" porque en ese otoño que olía a golpe de Estado tenía 46 años, contra una o dos décadas menos que sus compañeros de mesa. "Yo no le conocí mujeres al Griego, pero era jodón, divertido", dice Alonso, intentando no hacer un bronce de su amigo. "Y al mismo tiempo era estudioso, ¡nos hacía estudiar!. Y si no entendíamos, teníamos que preguntarle y nos explicaba mil veces hasta entender. El Negro Raimundo era igual."
Nos contaba hace tiempo Luis Avellino, dueño de un pequeño taller metalúrgico en Gerli, que fue él quien vinculó a Blajaquis con el peronismo. Porque El Griego era del PC hasta fines del 55, cuando opinó que ante los bombardeos a la Plaza de Mayo había que formar milicias; lo expulsaron o se fue. Un cimbronazo para su formación marxista. A partir de allí fue como una bisagra: precisó de dos superficies para sentirse útil. Una superficie, los trabajadores peronistas; la otra, la teoría marxista. Fue parte de la resistencia peronista contra "la Libertadora" y contra las ambigüedades democráticas posteriores.
Una de sus crisis la padeció en su propio trabajo: los obreros estaban en conflicto y tiraron algún producto químico en los engranajes de una máquina; Blajaquis reaccionó contra ellos y lo trataron de alcahuete del patrón. En su intimidad sabía que lo defendía porque colaboraba financieramente con su partido.
Un rato después de los disparos en La Real, Blajaquis murió en el Hospital Fiorito, producto de una "herida de bala en tórax", tal como firmó el doctor José Rodríguez Giménez. Eran las 0.40 del 14 de mayo. Los tres asesinatos están impunes.
Página/12, 14/05/06
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¿QUIÉN MATÓ A ROSENDO?
Primera edición: Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1969.
Sexta edición: agosto de 1994
© Para esta edición Ediciones de la Flor S.R.L., 1984
ISBN N° 950-515-353-8
A la memoria de
Domingo Blajaquis
y Juan Salazar
Noticia preliminar
Este libro fue inicialmente una serie de notas publicadas en el semanario CGT a mediados de 1968. Desempeñó cierto papel, que no exagero, en la batalla entablada por la CGT rebelde contra el vandorismo. Su tema superficial es la muerte del simpático matón y capitalista de juego que se llamó Rosendo García, su tema profundo es el drama del sindicalismo peronista a partir de 1955, sus destinatarios naturales son los trabajadores de mi país.
La publicitada carrera de los dirigentes gremiales cuyo arquetipo es Vandor tiene su contrafigura en la lucha desgarradora que durante más de una década han librado en la sombra centenares de militantes obreros. A ellos, a su memoria, a su promesa, debe este libro más de la mitad de su existencia.
En el llamado tiroteo de La Real de Avellaneda, en mayo de 1966, resultó asesinado alguien mucho más valioso que Rosendo. Ese hombre, el Griego Blajaquis, era un auténtico héroe de su clase. A mansalva fue baleado otro hombre, Zalazar, cuya humildad y cuya desesperanza eran tan insondables que resulta como un espejo de la desgracia obrera. Para los diarios, para la policía, para los jueces, esta gente no tiene historia, tiene prontuario; no los conocen los escritores ni los poetas; la justicia y el honor que se les debe no cabe en estas líneas; algún día sin embargo resplandecerá la hermosura de sus hechos, y la de tantos otros, ignorados, perseguidos y rebeldes hasta el fin.
La publicación de mis notas en CGT mereció algunas objeciones, en particular de ciertos intelectuales vinculados al peronismo. Existía según ellos el peligro de que la denuncia-contra un sector sindical fuese instrumentada por la propaganda del régimen contra todo el movimiento obrero. Se mencionaban precedentes: cinco días después del episodio de Avellaneda, La Prensa había publicado un editorial titulado "Entre Ellos", que exhalaba ese odio inconfundible, a veces cómico, que profesa contra la clase trabajadora en general. Toda una cadena de editoriales posteriores, entre los que pueden señalarse los del 17 de mayo de 1967 y 20 de marzo de 1968, reflejaron la inquietud del diario ante el estancamiento del proceso judicial y su aparente deseo de que, se llegara a esclarecer la verdad y sancionar a los culpables. Me encontraba pues en peligro de coincidir con La Prensa, cosa grave.
Supongo que los hechos ulteriores habrán disipado ese temor. Bastó que esta investigación efectivamente aclarara lo sucedido para que la avidez de justicia de La Prensa se aplacara y el editorialista se dedicase a la lucha contra la garrapata y la vinchuca, o a graves reflexiones sobre "Doce hombres para colocar un foco", cuando alcanzan trescientos tontos para escribir un diario.
El silencio que rodeó esta campaña prueba que el interés real de ese periodismo era mantener el misterio que borraba las diferencias "entre ellos". Cuando resultó que "entre ellos" no estaban solamente algunos "dirigentes gremiales adictos a la tiranía depuesta", sino la policía, los jueces, el régimen entero, el desagradable asunto volvió al archivo.
Quedaba todavía una punta de objeción, que se expresaba así: Vandor, con sus errores y sus culpas, era de todas maneras un dirigente obrero; el tiroteo de La Real, un episodio desgraciado.
Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya. Yo no creo que un episodio tan complejo como la masacre de Avellaneda ocurra por casualidad. ¿Pudo no suceder? Pero al suceder actuaron todos o casi todos los factores que configuran el vandorismo: la organización gangsteril; el macartismo ("Son trotskistas"); el oportunismo literal que permite eliminar del propio bando al caudillo en ascenso; la negociación de la impunidad en cada uno de los niveles del régimen; el silencio del grupo sólo quebrado por conflictos de intereses; el aprovechamiento del episodio para aplastar a la fracción sindical adversa; y sobre todo la identidad del grupo atacado, compuesto por auténticos militantes de base.
El asesinato de Blajaquis y Zalazar adquiere entonces una singular coherencia con los despidos de activistas de las fábricas concertados entre la Unión Obrera Metalúrgica y las cámaras empresarias; con la quiniela organizada y los negocios de venta de chatarra que los patrones facilitan a los dirigentes dóciles; con el cierre de empresas pactado mediante la compra de comisiones internas; con las elecciones fraguadas o suspendidas en complicidad con la secretaría de trabajo. El vandorismo aparece así en su luz verdadera de instrumento de la oligarquía en la clase obrera, a la que sólo por candor o mala fe puede afirmarse que representa de algún modo.
Restaba un último argumento: Vandor estaba muerto, no podía ganar siquiera una elección en fábrica, ocuparse de él era agrandarlo. Este reproche ingenuo omitía el punto esencial, a saber, que el poderío de Vandor no dependía ya de las bases obreras, sino del apoyo del gobierno y las cambiantes tácticas de Perón. Sin movilizar a su gremio, sin un solo acto de oposición real, Vandor había recuperado a fines de 1968 toda su influencia, embarcaba a más de cuarenta sindicatos en una campaña de "unidad" y ha vuelto a ser en 1969 el principal obstáculo para una política obrera independiente y combativa.
En la reconstrucción de los hechos que narro en este libro conté con la ayuda de los sobrevivientes Francisco Alonso, Nicolás Granato, Raimundo y Rolando Villaflor, y de su abogado defensor Norberto Liffschitz. La invesntigación en sí fue breve y simultánea a las notas. Cuando apareció la primera el 16 de mayo de 1968, ignorábamos aún los nombres de los ocho protagonistas "fantasmas" que la policía y los jueces no habían conseguido identificar en dos años (ahora han pasado tres). Nueve días más tarde los tuve en una conversación que grabé con Norberto Imbelloni, integrante del grupo vandorista. Número a número los invité desde el semanario a presentarse y decir la verdad, designándolos por iniciales. Mi intención no era llevarlos ante una justicia en la que no creo, sino darles la oportunidad, puesto que se titulanban sindicalistas, de presentar su descargo en el periódico de los trabajadores. Ninguno atendió esa advertencia. Si con alguno he cometido error -cosa que no creo-, no ha sido por mi culpa. No hay una línea en esta investigación que no esté fundada en testimonios directos o en constancias del expediente judicial.
No quise molestarme en cambio en presentar al juez doctor Llobet Fortuny la cinta grabada y el plano con anotaciones de puño y letra de Imbelloni, que constituían una prueba material. Por una parte, no era mi función. Por otra, tenía ya en mis manos una fotocopia del expediente que es en cada una de sus quinientas fojas una demostración abrumadora de la complicidad de todo el Sistema con el triple asesinato de La Real de Avellaneda. Al relato de los hechos aparecido en el semanario CGT, he agregado un capítulo que resume la evidencia disponible; otro sobre sindicalismo y vandorismo, que aporta un encuadre necesario aunque todavía imperfecto.
Las cosas sucedieron así
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Primera Parte
LAS PERSONAS Y LOS HECHOS
1. RAIMUNDO
Había que arreglar esa empaquetadora para que la fábrica Conen pudiera seguir empaquetando sus jabones, las farmacias los vendieran, el grupo Tornquist siguiera cobrando sus dividendos y Raimundo Villaflor comiera el puchero que comió ese mediodía del 13 de mayo de 1966.
Conocía ese férreo círculo de las cosas: lo había elegido. O tal vez lo eligió su padre, Aníbal Clemente Villaflor, que el 17 de octubre de 1945 contribuyó a poner en Plaza de Mayo los gremios más poderosos de Avellaneda. Y dos años después fue comisionado.
Es probable que para Raimundo Villaflor la primera opción se haya presentado en el colegio industrial. Dejó en quinto año, cuando le faltaban dos para recibirse de técnico. Tal vez no quería ser técnico, como el padre, a su tiempo, no quiso ser intendente. Pero no, dice, fue de haragán. Porque en esa época nos daban todo gratis: libros, uniforme, dinero para el viaje.
A los catorce años entró de aprendiz en Corrado, a los dieciséis pasó a Baseler Limitada. Allí se fabricaban vagones y puentes-grúa. Era oficial ajustador cuando cayó Perón y los interventores militares nombraron de oficio los cuerpos de delegados. En Baseler el delegado general fue Raimundo Villaflor: tenía veintiún años.
Como era tan pibe y tenía antigüedad, pensaron que no me iba a meter en nada. Entonces les "organicé" el taller y les hice una huelga.
En la casa de la calle Pasteur al 600, este viernes 13, Raimundo Villaflor terminó de almorzar. Tenía once años más, su mujer Alicia lavaba los platos, su hija Chela estaba en el colegio.
Echó un vistazo al diario. Parece que ese día no hubiera cambiado el de hoy: 300 ataques aéreos a Vietnam, aumentos en las tarifas telefónicas, huelgas en Tucumán, la construcción del Chocón. El presidente (Illia) viajaba a Chubut: el futuro presidente (Onganía) iba a cazar a Entre Ríos. El dólar bordeó los 190 pesos, la temperatura media los 15 grados.
-¿Sabe usted cuántos generales hay en el ejército argentino? -preguntaba en Washington el senador Fulbright, presidente de la comisión de relaciones exteriores del senado.
-No, señor -respondía el secretario de Defensa, Robert MacNamara.
-Se me informa que hay más generales en el ejército argentino que en el norteamericano. ¿Es posible?
-Supongo que sí, pero está fuera de la cuestión, señor presidente.
Habiendo tantos generales, Raimundo Villaflor no conocía ninguno, pero el secretario del general Gallo le habló una vez por teléfono
Me dijo que levantara el paro, y si no, toda la comisión y yo a la cabeza, estábamos todos presos. Le dije que si quería levantar el paro, que viniera él. Me dijo que nos presentáramos inmediatamente al sindicato. Entonces fue la comisión patronal, y fuimos nosotros por separado, no quisimos ir en el mismo camión. Allá nos presentaron, y en seguida nos quisieron apurar.
Un capitán gritaba que daba miedo. Villaflor agrandado gritó más que él:
Que si él estaba acostumbrado a mandar en los cuarteles, con nosotros no iba a mandar, y que a nosotros no nos iba a manosear ningún general, ni coronel ni lo que fuera, porque nosotros éramos trabajadores y nos tenía que respetar. Que si los patrones querían levantar el paro, que pagaran las quincenas atrasadas, porque ésa era la causa del paro. Y que además él podía gritar y darse el lujo de decir las cosas que estaba diciendo porque él no sabía lo que era el trabajo. Se quedó sin palabras, y se la ganamos, ¿no? Se la ganamos.
Pero después vino la del 56, la gran huelga metalúrgica
La gente estaba encojonada, quería guerrear. Se reunieron los personales, y todos los personales decidieron ir a la huelga. Pero después en los congresos había delegados de las fábricas grandes que querían aflojar.
Uno de esos delegados de fábricas grandes al congreso de la Unión Obrera Metalúrgica, seccional Avellaneda, era un orador fogoso de actitudes tibias o prudentes. Hacía sus primeras armas sindicales, representaba a Siam, se llamaba Rosendo García. Villaflor casi no se acuerda de él.
En mitad del congreso se presentaron dos camiones de la policía y el ejército, con un comandante al frente que nos venía a prepear. Bueno, como siempre, el tipo se creía que estaba en el cuartel, y amenazó con corrernos a tiros y encanarnos y pelarnos, hasta que no faltó uno que le dijo: ¿Por qué no se va a la puta que lo parió?, y ahí entraron todos: Andate, carnicero, hijo de una tal por cual, y se tuvo que ir. Tenía que irse o matarnos a todos. Pero la impresión les quedó a algunos, y empezaron a exponer posiciones que no eran las que habían decidido los personales, y a buscar pretextos sobre huelgas de brazos caídos, que había leyes que nos protegían, y patatín patatán. Se habían cagado. Entonces saltamos muchos de los talleres chicos y les dijimos que ahí no era cuestión de exponer el miedo que les había entrado, sino lo que habían decidido los personales. Se votó por la huelga general. Y peleamos, nos mantuvimos cuarenta y cinco días. Sí, dicen que Vandor. Pero aquí en Avellaneda Vandor era desconocido. Al propio Rosendo casi no lo conocía nadie. Aquí los que hicieron la huelga general fueron Curra, Bellón, Álvarez, el finado Fernández, Rincón, Isotti, Casi toda esa gente ha desaparecido.
Cuando se formó el comité de huelga de treinta miembros, Raimundo era el más joven. Le tocó el enlace con la fábrica más difícil, la Ferrum, que estaba al lado de Gendarmería, además de Tamet, Sánchez y Gurmendi, Gálvez. La policía los buscó, pero nadie sospechaba de ese muchacho que andaba por ahí, con la campera en la mano, comiendo una manzana. El que se dio cuenta fue el oficial Plomer, de la segunda de Lanús. Le allanó la casa, pero ya estaba en Dock Sur. Y cuando lo buscó en Dock Sur, estaba en Berazategui. Al fin cayeron todos, menos él.
Me acuerdo que fue en la calle Catamarca, de Lanús Este, éramos veintinueve miembros del plenario cuando llegó la brigada con camiones, toda la patota. Varios se tiraron de la azotea, pero cayeron en un gallinera, y uno se quebró una pierna. El que cayó bien fui yo. Entonces empezaron a tirar, con carabina incluso. Salté tres alambrados antes de salir a la calle. Cuando iba a saltar el último, venía conmigo un compañero que fumaba mucho, y ya no corría, trotaba, y justo en el momento en que yo iba a saltar, pegan dos tiros contra una pared, y él se quedó parado. Pero yo salté, corrí un tranvía y lo agarré, aunque iba con los nueve puntos. Me saqué la campera y volví, los estaban subiendo al camión policial. La gente se amontonaba, y la policía dijo que eran ladrones, qué grande: una banda de veintinueve ladrones. Entonces ellos gritaban: "¡No somos ladrones, somos obreros!", pero igual los llevaron.
El comité de huelga de Avellaneda había quedado reducido a este muchacho de estatura mediana y ojos oscuros. Pisándole los talones iba casi siempre un chico nervioso, de humor descomunal: su hermano Rolando, tres años menor, que después recordará esa época con nostalgia y admiración
-Qué lija que corrimos, Dios me libre. Pescábamos ranas de los arroyos, comíamos puerro, ¿te acordás, Pelusa?
Raimundo se acuerda. En Quilmes lo corrió la policía, se tuvo que tirar de un tren. Cambiaba de casa y seguía activando. Cuando el plenario nacional levantó la huelga, volvió a su fábrica, se sentó en el cordón de la vereda. El personal lo rodeó antes de entrar. Les explicó que ahora había que pelear por los presos.
La gente, con tantos días de huelga, no estaba quebrada. Y había una mishiadura... pero la gente no estaba quebrada. Ahora resulta que adentro de la fábrica me estaba esperando el principal Plomer. Estuvo allí toda la noche, era mi sombra negra, igual que el policía ése que persigue a Jean Valjean en "Los Miserables", ¿cómo se llamaba? De un auto bajaron otros dos con ametralladoras, y el preso fui yo. Catorce días incomunicado en Lanús, eran esos días de cuarenta grados de calor, perdí siete kilos en el calabocito ése. Diez días en Olmos. Cuando el oficial me dio la libertad, me dijo: "Espero no verlo más por acá". Y yo le dije: "En cada huelga que haya, nos va a encontrar siempre".
¿Habría valido la pena? Raimundo Villaflor se despidió de su mujer, recogió el bolsón con el paquete de sándwiches: a las dos entraba en la Conen y hacía ocho horas corridas. Caminó hasta la avenida Mitre donde tomó el 8 -La Colorada- que lo dejaría en Piñeyro, enfrente de la lanera.
En la sección manutención de tocador de la Conen, que ya en 1883 era una fábrica de velas, y hoy empleaba 500 obreros en tres turnos, con cuatro mecánicos por turno, Raimundo estuvo arreglando la empaquetadora hasta que el papel dejó de trabarse. Después anduvo con las prensas de los jabones, los molinos, alguna pieza suelta. Era el primer trabajo estable que conseguía en diez años, después de la huelga.
De Olmos había salido marcado y sin empleo. Recorrió innumerables talleres. Duraba dos días: el tiempo que tardaban en llegar los informes patronales y policiales.
Me la pasé yirando, changueando, años enteros. Eso es terrible para un hombre con oficio, que sabe desempeñarse en cualquier máquina, el torno, la limadora, el cepillo, la fresa. Después que se perdió la huelga, los patrones echaban cualquier cantidad de gente, se daban el lujo de seleccionar, exigían el certificado. Yo era nuevo en esa época, no sabía el asunto del certificado falso y todas esas cosas. Era un continuo girar de montones de gente. No nos daban trabajo, nos perseguían, jamás podíamos hacer pie. Y algunos nos poníamos en evidencia como luchadores apenas entrábamos, eran esos berretines, esa falta de experiencia que tienen los hombres, que estaban calientes y seguían calientes nomás, no se enfriaba nunca la cosa.
Con el paso del tiempo empezó a durar dos y tres meses en cada trabajo: los informes demoraban más. Adonde nunca pudo volver, fue al sindicato.
Parece increíble, pero ahí nos persiguieron más que los patrones. Ninguno de los que dirigimos aquella huelga en Avellaneda pudimos volver al sindicato. Se convirtió en una maffia. Hasta los quinieleros independientes desaparecieron: había que bancar para ellos. Los dirigentes hacían negocios de chatarra con los patrones, con el argumento del comunismo expulsaban del sindicato y las empresas a los obreros combativos, amasaban fortunas, se rodeaban de matones a sueldo.
Entonces sí, oímos hablar de Vandor.
Cerrada la vía gremial, Raimundo siguió en la militancia política. En 1958 conoció a un hombre corpulento, risueño, miope, que usaba un enorme sombrero. Objeto de incansable cariño, necesitaba ser llamado por muchos nombres: "El Viejo", "Mingo", "El Griego", "El Químico". Su nombre verdadero era Domingo Blajaquis y fue uno de los muertos olvidados de esa noche. Es incalculable la influencia que ejerció en Raimundo y sus amigos.
Porque él nos sacó todos esos berretines que teníamos, de ser peronistas por el hecho de serlo, y no comprender que el peronismo es un movimiento parecido al de otros pueblos que luchan por su liberación. El no, él siempre fue un revolucionario, siempre tuvo una concepción del destino de la clase trabajadora. Y él nos explicó las causas por las que estábamos derrotados, el papel del imperialismo, el papel de la oligarquía, y el papel de la burocracia en el peronismo: esos recitadores de los días de fiesta.
Aprendimos lo que significaban los movimientos de liberación en el resto del mundo, y por qué nosotros teníamos que desembocar en un movimiento de liberación. Una vez que se abraza la concepción revolucionaria, ya no se la abandona más.
Vivieron el proceso, duramente, los pactos, las elecciones, las crisis, las defecciones imperdonables:
Las traiciones dobles, porque nosotros no concebimos que hombres que llegaron a posiciones dirigentes como luchadores y con banderas políticas, como Vandor, después se burocraticen y cambien esas banderas por el sindicalismo y el acomodo. Ahí empezaba la postración del movimiento, la traición declarada, la podredumbre de la burocracia, la quiebra total de la solidaridad. En Misiones no se levantaba la cosecha de yerba, en Tucumán estaban pasando hambre, empezaban las ollas populares, y no había el menor síntoma de sensibilidad hacia eso. Al contrario, si los tucumanos adoptaban una forma de lucha más radical, éstos decían que eran frentistas, que eran comunistas. Ahora la iban de Mahatma Gandhi. De los movimientos de liberación, ni hablar. Se ignoraba todo y se practicaba un chauvinismo asqueroso, se marcaba a los hombres que señalaban que el peronismo era una parte de los movimientos de liberación nacional, que no era un movimiento aislado, que estaba unido a los movimientos de liberación en todo el mundo.
Nosotros estábamos en las 62 de Pie, pero también sabíamos que en las 62 había los que estaban de pie porque tenían la tachuela en la silla. Para nosotros no se trataba de cambiar los hombres sino las actitudes, se trataba de tomar una auténtica posición de clase.
Estas eran las ideas que defendían en mayo de 1966 Raimundo y sus amigos. Son las ideas que defienden hoy. Pero en esos días el país era sacudido por una gran batalla. El régimen de Illia agonizaba. Uno de los motores del golpe en marcha era el proyecto de reformas a la ley de despido, que el Parlamento había votado y los trabajadores apoyaban en masa. La tremenda ofensiva contra el primer avance en la legislación laboral producido después de 1955 saltaba desde los titulares de los diarios. En nombre de la Unión Industrial, el doctor Oneto Gaona calificaba a la ley como "la más regresiva que ha existido en el país". La Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa demostraba en los hechos que, cristianos o no, los dirigentes de empresa tienden a inclinarse por la variante reaccionaria de cualquier pleito. El Frente Anticomunista Latinoamericano reclamaba el veto presidencial, "en defensa de la libertad y de la seguridad nacional amenazadas por los imperialistas de Moscú y Pekín". La CGE, de lejana extracción peronista, coincidía con el Partido de la Revolución Libertadora, con la Sociedad Rural, con la Bolsa, con la Cámara de Comercio, con los centros, las federaciones, las asociaciones, en que era lícito seguir despidiendo a la gente a la vieja usanza, en la forma en que Raimundo y sus amigos y decenas de miles de trabajadores venían siendo despedidos desde 1955.
A las diez de la noche Raimundo Villaflor se limpió las manos engrasadas, cambió el mono por un traje a rayas, salió a encontrarse con Rolando, con Blajaquis, con cuatro miembros más de su grupo de militantes que, precisamente, estaban organizando un acto de apoyo a los cañeros tucumanos y las reformas a la ley 17.229.
Se topó con ellos en la esquina del Automóvil Club. Caminaron por Mitre que, según explicó dos horas después el parte policial, es "una arteria altamente comercial, en lo más céntrico de la población, por donde circulan varias líneas de colectivos de transporte de pasajeros, que enlazan este partido con la Capital Federal y poblaciones aledañas, tanto de ida como de vuelta, a lo que hay que sumar la de vehículos particulares":
Entre los que se contaron esa noche los del dirigente Vandor, el dirigente Izetta, el dirigente Castillo, el dirigente Safi y una veintena más de dirigentes motorizados, relucientes y bien vestidos, que comieron pollo en el Roma o tomaron whisky en La Real.
Sin contar al finadito Rosendo.
2. AVELLANEDA
Los últimos saladeros cerraron cuando la fiebre amarilla, pero aún perdura en las orillas del Riachuelo ese "olor peculiar" que un viajero inglés señaló hace un siglo. Los buques de la Star anidan en los muelles del Anglo, embarcando el chilled que hizo la riqueza de pocos y la miseria de tantos. Día y noche sube el ganado por las rampas de La Negra para caer bajo el martillo, o bajo la espada del rabino. Petroleros de doscientos metros de eslora entran cautelosamente en el Dock Sur, que ilumina de noche el fulgor anaranjado de la Shell. Millares de hombres transpiran en invierno junto a los trenes de laminación, los crisoles, los tornos. Mas que las calles largas y monótonas, más que las plazas desfoliadas por el humo y los residuos, las fábricas son aquí los puntos de referencia: la papelera, la cristalería, la Ferrum, la textil.
La historia puede remontarse a las barracas que hace dos siglos fueron de negros esclavos, al disciplinado asalto de Buenos Aires que en 1820 realizaron los gauchos del sur al mando de Rosas, a la revolución del 80 que ensangrentó Barracas y Puente Alsina, donde un ejército de línea peleó con milicias de empleados de comercio. Treinta y tantos años imperó aquí don Alberto Barceló, con el favor electoral de los muertos y la empeñosa prepotencia de los vivos. Persiste en la memoria de los viejos el desafío de su mejor caudillo, el balazo que lo acechaba en una calle oscura, su muerte en el hospital que donaron los hermanos Fiorito:
Cuando el sepelio salió
con millares de mortales
por las calles principales
de Avellaneda siguió.
Si la historia ha de empezar esta noche a repetirse, es ya con otro signo:
Los hombres de Avellaneda sonríen cuando oyen hablar de Cipriano Reyes y el 17 de Octubre. Porque aquí -dicen- el 17 empezó el 16, con el paro de los lavaderos, fábricas de armas, textiles, el vidrio, la Colorada, y ya esa misma tarde la gente llegó hasta Pompeya, donde la corrió la montada.
Por la noche hubo reunión en el Comité de Unidad Sindical, que aglomeraba a todos los gremios de la ciudad, los que estaban en la CGT y los que no estaban obreros de la carne, el cuero, la lana, metalúrgicos, madereros, construcción, jaboneros, aceiteros. Sin orden de la CGT, que estaba entregada a secretas cavilaciones desde que a Perón lo pusieron preso una semana antes, se declaró la huelga general y se redactó el primer volante exigiendo su libertad. Presidía el comité Raúl Pedrera, y en lugar del tesorero ausente firmó el acta el vocal Aníbal Villaflor.
A las seis de la mañana del día siguiente (recuerda don Aníbal) salió una comisión de once hombres rumbo a la Plaza de Mayo. Avellaneda estaba parada, pero en la Capital caminaban los tranvías. Cuando llegaron a la estación Barracas increparon a los guardas y a pesar de los ofrecimientos siguieron a pie porque la huelga había que cumplirla. Rato después un taxista voluntario los llevó a los once: sobre la plaza estallaban ya las granadas de gases y la policía repartía sable. Cuando en la Casa Rosada pidieron hablar con el Presidente, les quitaron los documentos y los recluyeron en una pieza. Una hora después, inexplicablemente, los llevaron a presencia de Farrell, del almirante Vernengo Lima, del general Ávalos
Farrell nos dio la mano, qué deseaban ustedes. Le dijimos lo que deseamos es esto. Y él nos dice, pero cómo es eso que han declarado la huelga, ustedes saben lo que es eso. Y nosotros le contestamos: el único que nos dio algo aquí, es Perón. Bueno, dice, pero ¿qué quieren ustedes? Nosotros queremos hablar con Perón. ¿Y la huelga quién la para? La huelga no la para nadie, la huelga ya está.
Los mandaron en auto al Hospital Militar. Más de diez mil personas se apiñaban contra las verjas mientras en el parque los soldados emplazaban ametralladoras.
Fuimos a una salita, y ahí estaba Perón, recostado en una cama. Lo primero que dijo fue: Me han cagado, muchachos. Y nosotros le preguntamos: ¿Qué podemos hacer? Y él dice, ¿qué han hecho? Nosotros hemos declarado la huelga general. Cómo, cómo, dice, ajá, bueno, ¿y por qué lo han hecho? Por usted lo hemos hecho, porque usted es el hombre que nos dio libertad y nos hizo respetar.
Cuando volvieron a la Plaza de Mayo, ya no se podía caminar. Avellaneda, Lanús, Quilmes, Lomas de Zamora, todo el Sur se volcaba en las calles, una muchedumbre harapienta que no se iba a mover de ahí hasta que Perón apareció en los balcones.
En 1947 don Aníbal Villaflor ocupó el sillón de Barceló. Todos sus funcionarios eran delegados obreros, como él mismo, que ya a los diecinueve años militaba en panaderos, admiraba a los anarquistas y no le temblaba la mano en las represalias violentas con que un proletariado miserable se hacía sentir por primera vez. Más tarde militó en portuarios, fundó el sindicato de barraqueros, contribuyó a crear el comité de unidad. ¡Quién les habría dicho que iban a llegar a gobierno! Pero, "Acordate cuando andabas con los fierros al hombro, acordate cuando caminabas descalzo entre la bosta", eran las frases con que prevenía cualquier cosa rara en lo que había sido el municipio más corrompido del país. Porque él había visto sufrir a la gente, los inmigrantes durmiendo en las harineras, las mujeres que se quemaban las manos en el arrancado de pelambre o envenenando los cueros, los compañeros muertos -el gordo Villaverde, el negro Bonilla, tantos otros- por la policía, como si fueran delincuentes. Ahora el comisionado de Avellaneda vivía en una casa de chapas.
Duró trece meses. Cuando sus propios municipales le hicieron una huelga y el gobernador le mandó reprimir, no pudo con la sangre: se puso al frente de la delegación que iba a reclamar.
- El único comisionado que me hizo una huelga -comentaría risueñamente el coronel Mercante.
La huelga se arregló, pero a don Aníbal Villaflor lo echaron. Salió de la intendencia y volvió al puerto a cargar bolsas.
Los viejos tiempos no habían muerto -como él creyó-, se recreaban con cada cambio político, cada convulsión social. Los fusilamientos del treinta tendrían su eco agrandado en la segunda de Lanús, año 56. La picana eléctrica cumpliría su primer cuarto de siglo en la comisaría primera. Las bombas anarquistas serían puntualmente repetidas por los improvisados "caños" del peronismo. A su turno llegaría el hambre, la desocupación, el juego, los nuevos caudillos con sus favores y matones.
Ciudad que se levanta temprano, resoplando en los hornos y las chimeneas de sus cinco frigoríficos, setenta fábricas de automóviles, maquinarias y aparatos, cincuenta metalúrgicas, cuarenta plantas químicas, treinta textileras, tres mil talleres chicos y más de cincuenta mil obreros industriales. Ciudad que se acuesta temprano, sólo quedaba un hilo de gente en la avenida Mitre, en los cafés alrededor de la plaza Alsina, en el bar El Plata, en la confitería y pizzería La Real.
3. ROLANDO
Bailoteaba, Juan Zalazar, fingiendo poses de boxeo: contento, porque venía de trabajar treinta y seis horas seguidas en la Shell y exhibía un sobretodo azul que usaba por primera vez.
-Soy burócrata -le decía a Rolando Villaflor-. Tengo sobretodo nuevo.
Nuevo, de la percha. Todavía yo le dije, al cruzar la calle. No vaya a ser cosa que tengamos que enterrarte con ese sobretodo. ¡Me cago en..., esa noche! Parecía una lechuza, se lo estaba vaticinando.
Caminaron los siete amigos por frente a la plaza, confundidos entre "el público, que es intenso a todas horas del día, decreciendo algo ello en horas de la madrugada", según el parte que escribirían después el subcomisario Martínez y el oficial Dellepiane.
Rolando no pensaba en ellos, la yuta de Avellaneda. De pensar, tal vez habría tenido alguno de esos ademanes instintivos que lo diferenciaban de lo que algunos llaman la gente honrada y otros los giles: un bando al que ahora pertenecía sin haber perdido la mirada, los gestos, la forma de caminar del que alguna vez anduvo en la pesada.
Porque uno se vuelve puro reflejo. Como los animales, vio. No es que no pueda analizar, pero cuando la cosa viene mal y usted tiene que hacer frente, no lo piensa dos veces. De la risa a la seriedad, es una fracción de segundo. Porque en los hechos usted está obligado a darse cuenta quién es quién, y sin ser psicólogo ni nada, de un golpe de vista sabe quién se le puede rechiflar. Y eso ya no es que lo piense, sino el reflejo de uno, la vida que uno ha llevado.
Hacía dieciocho meses que Rolando Villaflor había salido de Olmos, donde purgó tres años por asalto en banda.
Allí tuve tiempo de pensar. Yo dividía el -inundo en turros, giles y yuta. Después comprendí que los giles éramos nosotros.
Pretextos no le faltaron para entrar en la delincuencia. La historia se remonta a aquel terrible año 57, cuando su padre estaba cesanteado por motivos políticos, su hermano Raimundo yiraba inútilmente en busca de trabajo, y la situación en su casa se volvía cada vez más angustiosa. El conscripto Rolando Villaflor desertó y tomó su decisión.
Yo siempre fui un muchacho intranquilo. Andaba sin plata, sin laburo. Después usted ve que los turros hacen ostentación de guita. A usted lo deslumbran, ¿sabe? Usted quiere ser como ellos, empilchar bien, andar rodeado de mujeres, tener un valerio que lo pase a buscar con un auto. Y después le dicen: Vení que es fácil. Todavía le dan guita a uno. Y uno va, lo convidan a un asaltiño, usted se prendió y después chau, no salió más de ahí.
Al principio todo le fue bien. La policía no tiene la bola de cristal, tarda en descubrir a los que no están prontuariados ni caen en las razzias. Rolando Villaflor creció en hechos ignorados, amistades que no se nombran, secretos que se llevaron amigos muertos. Ganó respeto en la calle y carpeta de hombre derecho aunque estuviera en la bronca.
Pero, es como una bola de nieve que se echó a rodar, ¿vio? En algo tiene que parar. La bola de nieve por ahí cae en un río. Nosotros caíamos en la cárcel.
La suerte se le quebró en el 62. Cambió la ropa fina por el uniforme del penado, la recelosa aventura del hampa por el tedio de las altas paredes, los entreveros con la policía por las palizas a mansalva de los llaveros. Un día corrió a uno por toda la redonda. Lo bajaron a control, le pegaron entre muchos, lo metieron bajo la ducha helada. Pasó quince días en un calabozo incomunicado, treinta en aislamiento. Recién entonces el alcaide quiso averiguar lo sucedido.
-¿Qué pasó?
-El Chacarero me faltó el respeto.
El alcaide miró alrededor, como buscando algo en el piso. Después escupió un gargajo.
-Vos valés menos que eso. Todos ustedes valen menos que eso.
-Si yo valgo menos que eso -dijo Rolando Villaflor-, vos estás debajo de la escupida.
Y se comió una paliza que casi lo matan.
En la vida de Rolando iba a producirse tiempo después una transformación casi milagrosa. Pero la cárcel no tuvo nada que ver con eso:
Al contrario. Uno sale de ahí envenenado. Con un odio, con un odio terrible. Hay cosas que no tienen explicación y cosas que tienen mucha explicación porque hay hombres que usted dice, son débiles de cabeza, o no analizan las cosas, son carne de reja, salen y vuelven, salen y vuelven, pero qué es lo que pasa, el gran veneno que le inculcan ahí adentro a usted lo hace rebelar contra todo. Porque ellos en vez de llevarlo a uno, de hacerle comprender, le dan cada paliza de novela y lo quieren domar. Yo mi rebeldía no la perdí en la cárcel, no me podían domar, porque son hombres como cualquiera, y a mí un tipo me levanta la mano y no lo puedo permitir. Ellos no son más que nosotros, son menos. Después están los empleados de tratamiento, que andaban con guardapolvo blanco y pusieron el doble de que iban a encaminar a los presos por la buena senda. Pero nosotros les decíamos llaveros también, porque son más verdugos que los mismos llaveros.
Una cosa es contar y otra estar allá. Claro que hay momentos en que un hombre detiene su vida, contempla, mira lo que hizo de positivo, qué hizo de negativo. Yo comprendí que no era para eso, le escribí a la vieja diciéndole que no iba a estar más en la joda, pero no quería volver a mi casa. Porque yo no tenía a quién salir, y si a un hombre con la conducta de mi viejo, si usted le sale la mosca blanca, con qué cara se le presenta otra vez en la casa. Así que yo no quería volver. Cuando me llevaron a la Jefatura de La Plata para darme la libertad, no podía creer que saliera, creí que iba a otra cárcel, que me iban a biabar. Y cuando iba a salir, veo una figura que viene corriendo a toda vela, cruzando la plaza, una placita que hay, toda arbolada, y era mi hermano y vino corriendo y me dijo: Dame la mano, y yo por reflejo le di la mano, y me dijo: Corré, y salí como bala de ahí adentro. Todo reflejo, porque yo no pensaba nada y cuando me dijo dame la mano le di la mano y salimos de vuelo. Y del otro lado de la plaza, en una camioneta, me estaba esperando mi papá.
Sí, estaba emocionado, pero no podía llorar. Estaba muy duro. No tenía sensaciones casi. Tanto me daba que estuvieran matando a uno, que si no le hicieran nada. Me habían hecho un tipo muy frío, y de adentro me habían matado.
Pero después fui viendo que no era así, que yo tenía sentimientos, lo que pasa es que tenía una pared de hielo que yo mismo había creado como defensa dentro de la cárcel. Una barrera que la mente misma se va formando, vio. Y cuando salí, ya era otra cosa. Después el contacto con los muchachos, con Blajaquis, con Raimundo...
Y también con el Negro Granato, Zalazar y Francisco Alonso, a los que se agregaba esta noche un nuevo miembro del equipo de activistas, que Blajaquis presentó con el nombre de Horacio. Entraron todos en el bar y pizzería La Real, que según calcularon más tarde el subcomisario Martínez y el oficial Dellepiane "tiene unas dimensiones, aproximadamente, de ocho de ancho por doce de largo, que sobre la calle Mitre posee una puerta de entrada y salida, hacia la calle Sarmiento posee dos entradas y salidas, una que da al salón general y otra al denominado salón familiar... y que tanto en el salón familiar como en el salón general no existe ninguna subdivisión, pudiéndose ver claramente las mesas ubicadas en ambos lugares, que se diferencian únicamente por tener las del de familias manteles en su parte superior".
Se ubicaron en dos mesas, una grande y una chica, junto a una columna que dista cinco metros de la entrada de Sarmiento, cuatro metros y medio de la entrada de Mitre. El mozo Jesús Fernández les sirvió siete moscatos y dos pizzas. Aún no eran las once.
Rolando le contó a su hermano las gestiones que acababan de hacer en el sindicato de textiles y el Centro de Estudios Políticos para organizar un acto en apoyo de los cañeros tucumanos.
Le contamos que todos estaban de acuerdo, que el acto se iba a hacer. Porque no era posible que mientras en el interior se estaban muriendo de hambre, tuberculosos, qué sé yo, acá no pasara nada. Y esos traidores de la CGT no hacían absolutamente nada, al contrario, trataban de que no se supiera, hasta que nos enteramos que estábamos comiendo, lo poco que comíamos, a costilla del hambre del interior. Y ellos hacían de dique de contención, y si alguien saltaba, lo apuntaban a la policía. Entonces nosotros queríamos hacer algo por los muchachos de Tucumán, romper ese hielo que había.
La cara ancha, burlona del Griego, seguía con atención el gesto empecinado del converso: "La Bestia" se interesaba por el prójimo.
Sí, porque a mí, el Griego me decía la bestia. Qué hacés, bestia. Es que yo decía cada barbaridad cuando ellos hablaban de política. Me decían: Ya cayó la bestia. Sí, eso me decía el Griego.
La historia venía de lejos, de la época en que Raimundo fue dirigente gremial y Rolando iba pegado a sus talones, piqueteaba, pegaba carteles. Lo que para el hermano mayor constituía el centro de la vida, para él era una aventura momentánea, un favor a los amigos, algo que en el mejor de los casos sentía como un vago compromiso sentimental.
Después se apartó aún más. Muchas veces al regresar de madrugada los encontró reunidos, hablando de política, arreglando el mundo. Francamente, eran del bando de los giles.
Seguían en lo mismo cuando Rolando salió de la cárcel, volvió a reírse de ellos, y el Griego lo bautizó.
Pero decime una cosa, le digo, Griego, ¿vos cuántos años tenés? Me dijo cuarenta y pico. Y decime, ¿qué hiciste de tu vida vos? Hasta ahora. Porque yo no veo que nada hayas hecho vos. Siempre te lo pasaste en cana, porque es la verdad: estuvo en la Resistencia, en el 9 de junio, lo pasearon por todas las cárceles al Viejo -él siempre en su lucha por los humildes, por sus hermanos de clase, decía-. Y cuando me dijo que no tenía nada, le digo: Claro, qué vas a tener, si vos siempre te la pasaste en cana, molido a palos, muerto de hambre, sos un hombre grande y no tenés hogar, no tenés familia, no tenés nada, no formalizaste nada. Y el me dijo: Claro, vos me decís así, dice, porque vos todavía no comprendés lo que es luchar por un ideal. Y tenía razón el Griego. Tenía razón porque un idealista, la mayoría de las veces, no llega a ver sus aspiraciones concretadas, se muere en la pelea y no tiene nada. Y esas son cosas muy grandes para los hombres. Cuando uno las llega a comprender, son cosas muy grandes.
Claro, empezó a picarme. Yo les decía, pero expliquenmé, convenzanmé, a ver por qué hacen eso ustedes. Era lo que estaban esperando estos tipos: me dieron por los cuatro costados. Uno me soltaba y me agarraba el otro. Y así me fueron formando, hasta que empecé a mirar las cosas como un hombre las tiene que mirar.
A través de la acción política, Rolando Villaflor hizo un tratamiento heroico. El viejo mundo tironeaba cada vez menos, la policía ya no iba a buscarlo. "Se le achicó el bobo", sentenciaron los de antes; pero él sabía que era grupo, que ésta era más pesada que la otra, y cuando un 17 de octubre los cosacos lo quisieron correr a él y a su padre y a su hermano y a su tío, y se rechiflaron todos aguantando los sablazos y manoteando los caballos, le dijo a Raimundo.
-Pero decime, yo salgo de una y me meto en otra peor. Porque aquí nos cagan a palos, no nos tiran un mango, gritamos como locos y cobramos como perros. ¿Es todo al revés esto?
Sólo que ahora se reía.
De simpatizante peronista, se hizo militante revolucionario. Un día o una noche, que tal vez fueron una sucesión de días y de noches, el Griego le explicó su vida Rolando Villaflor: había querido salvarse solo, y no hay salvación individual, sino del conjunto.
Por eso estaba allí, sin armas, definitivamente incorporado al mundo de los giles que piensan en los otros. El suyo había sido el camino más duro.
-Si yo les cuento quién entró, no me lo van a creer -dijo Francisco Alonso, que era un pibe.
Granato y Horacio lo estaban viendo, pero Zalazar y Blajaquis miraron de costado. Raimundo y Rolando Villaflor tuvieron que darse vuelta para contemplar al "Lobo", que entraba con su séquito por la puerta de Sarmiento y enderezaba al salón de familias de La Real de Avellaneda.
4. EL LOBO
Cuarenta y tres años, la boca fina y tensa, los ojos claros, una mueca de energía desdeñosa: esa cara había salido ya muchas veces en las tapas de las revistas, seguiría saliendo. "Diez años de lucha", se jactaba en una solicitada. Más de diez años: las primeras escaramuzas en la fábrica de Saavedra, el fervor de los compañeros, la asamblea del Luna en que Paulino lo presentó como el nuevo secretario de la Capital. Más: la cucheta en el rastreador "Py", la sala de máquinas, el cabo Vandor. Más todavía: la infancia entrerriana, el pueblo que era una estancia inglesa. De allí había venido sin nada, con sexto grado, un provinciano tímido al que no le gustaba hablar en público. Ahora no necesitaba hablar, otros hablaban por él en los congresos y los confederales. Murmuraba "uno" y se paraba Avelino, "dos" y hablaba Maximiano, "tres" y recitaban su libreto Izetta o Cavalli: eso era organización.
En algún momento le pareció que comprendía la esencia del poder: ese punto de equilibrio en que nadie hace su voluntad, pero el más hábil opera con la voluntad ajena. En algún momento comprendió lo que es negociación: quizá en enero del 59, cuando el correo de Ciudad Trujillo le dijo: "No se puede largar la huelga porque esta noche entregamos el toco". Desde entonces, o ya desde antes, prefirió negociar por su cuenta. Diez años de negociación: "Estoy muy satisfecho por el convenio". El doctor Doliera-Siemens sonreía. Los empresarios son unos explotadores, pero lo acompaño a tomar una copa: el ingeniero Negri-Tamet le palmeaba el hombro. Eso es democracia. Hoy hasta los conservadores nos comprenden, ¿eh, doctor Solano Lima? Es cierto que hubo algunos malos ratos, pero usted puede volver a ser presidente, general. Y usted, doctor, sí que se parece a Perón, la misma sonrisa: tendríamos que trabajar juntos. Pero si lo que los sindicalistas queremos es la grandeza del país, coronel, el bienestar social: ¿dónde ha visto un policlínico como éste?
Diez años de frialdad, de no mover un músculo, de esconder las emociones. A veces un oscuro sentimiento lo traiciona, pero en seguida recupera la noción de la realidad, de su realidad. Se dice que ha llorado en Cuba, al contemplar la revolución del pueblo -ese sueño enterrado-, pero luego le ha dicho a Ernesto Guevara: "Nosotros nunca podremos hacer lo que han hecho ustedes". Eso es realismo. Volverá a llorar dentro de media hora, y en el acto adoptará las decisiones justas que cambian el curso de las cosas. Eso es política.
Diez años de paciencia, de tejer y destejer alianzas, de empollar en el campo adversario, de convertir derrotas de los suyos en victorias para sí. "El más hábil negociador sindical"; "el cerebro político de las 62"; "un sindicalista de ideas populares que sabe trabajar con la derecha y frecuentar la embajada de los Estados Unidos" son algunas entre los centenares de frases acuñadas por un periodismo que lo convierte en vedette, en mito. Es cierto que a veces se preguntan si ha llegado "el ocaso", el "último aullido del Lobo", pero es para remontarlo más alto: "Todo confluye en Vandor". El Sistema lo ha aceptado plenamente, se divierte con su astucia, es él quien "maneja los piolines", quien suma o resta las 62 a las 19, a los 32, opone o amiga comunistas e independientes, inventa alineados y no alineados, y cuando terminan los insultos se sienta a un costado y murmura "uno" para que hable Vicente o Francisco. Eso es prestigio.
Lástima que las cosas se hayan puesto difíciles en los últimos tiempos. Ahora su enemigo se llama Perón. Vandor lo ha querido, sin duda: es aquí en Avellaneda donde nació meses atrás el neoperonismo. Quizá el choque venga de antes, del fracaso de la Operación Retorno, un buzón que el vandorismo le ha vendido al general. El conflicto asoma a las versiones periodísticas en junio del 65, estalla cuando Perón envía a su mujer como delegada personal. Vandor domina en ese momento la Junta Coordinadora del Justicialismo, las 62 Organizaciones, el bloque parlamentario, la Unión Popular, los partidos provinciales: lo que está en juego es todo el aparato partidario.
La primera batalla se libra en la CGT, en cuya secretaría general el vandorismo ha instalado en 1963 al sastre José Alonso, que ahora predica poco menos que la guerrilla, aunque su lucha más notoria es contra las comadrejas que acechan su criadero de gallinas. En enero de 1966, cumpliendo las órdenes de Madrid, Alonso divide el sindicalismo peronista: nacen las 62 "de pie junto a Perón" que arrastran a veinte gremios, algunos importantes, como textiles y mecánicos; otros luchadores, como azucareros y sanidad. Los vandoristas se burlan con una solicitada que lleva el título "De pie junto al trotskysmo", el metalúrgico (y diputado) Paulino Niembro usa la televisión para delatar como "castrista" a Amado Olmos, uno de los pocos dirigentes leales a su clase. "Yo soy argentino, cristiano y peronista", lagrimea Alonso, pero en febrero el consejo directivo de la CGT lo expulsa del secretariado.
La segunda batalla se da en las elecciones de gobernador de Mendoza, el 17 de abril. Contra todos los cálculos, en una campaña que dura apenas una semana, pero que cuenta con la presencia y el apoyo de Isabel Perón, el candidato Corvalán Nanclares obtiene dos tercios de los votos del peronismo, derrotando al vandorista Serú García. Beneficiado en definitiva, el gobernador electo resultó conservador, pero un dirigente de esa tendencia -Emilio Hardoy- considera el episodio como "una verdadera catástrofe".
¿Catástrofe, ganar una elección? Un semanario lo explicaba con cierto aire de melancolía: "El resultado de la experiencia mendocina obligó a una revisión... Se consideraba como un valor entendido que la influencia directa de Perón, a la distancia y después de casi once años de alejamiento del país, se había deteriorado sustancialmente... La hipótesis fue claramente desmentida por los hechos."
¿Qué pasa con Vandor? "Todos admiten que deberá replegarse transitoriamente a la lucha gremial". Más tarde se vio que esto era un eufemismo. El caudillo metalúrgico se replegó, sí, pero a los contactos militares que iban a fructificar dos meses más tarde con el golpe de Onganía.
El partido estaba empatado esa noche del 13 de mayo en que los jerarcas del vandorismo pensaban reunirse en Avellaneda para discutir el futuro. ¿Temía Vandor un desempate violento? El 29 de enero, una bomba que otros llamaron petardo, colocada por amigos de Patricio Kelly, le había arruinado en el paddock de San Isidro el goce de su deporte preferido. Por esos días un encumbrado personaje pagó cierta suma para sacarlo del medio: el encargado de la faena arregló con Vandor por una suma más grande, y con las contribuciones de ambas partes puso un boliche. Después una bomba estalló en la CGT de Avellaneda, feudo de Rosendo García. Veinticuatro horas antes, en fin, Rosendo había ajustado cuentas con el disidente Américo Cambón, haciéndole propinar una histórica paliza.
Detrás de todo eso había una carta. Dirigida a José Alonso el 27 de enero, señalaba a Vandor como el "enemigo principal" y agregaba: "En política no se puede herir, hay que matar, porque un tipo con una pata rota hay que ver el daño que puede hacer". Firmaba Juan Domingo Perón.
Tal vez era el recuerdo de esa carta, distribuida en centenares de copias, lo que tenía tan inquieto a Vandor mientras sorbía un whisky y miraba disimuladamente a su alrededor en busca de posibles enemigos.
5. EL INCIDENTE
El mozo Antonio González calculó que eran ocho o nueve personas las que entraron en La Real a las once y media de la noche, sin contar "uno que se ubicó en forma separada". Juntó tres mesas a lo largo del salón familiar y recogió el pedido de coñac y whisky importado que llamó la atención no sólo a González, sino al patrón Hevia e incluso al mozo Oscar Díaz, por ser "poco frecuente".
Solamente el parroquiano solitario, sentado junto al ventanal de Sarmiento, rechazó el convite de los notables, y pidió, modestamente, un vaso de moscato y dos porciones de muzzarella. Se llamaba Acha, le decían "Hacha Brava" y su misión aparente era cuidar la puerta.
Parecida función, cerca de la entrada de Mitre, cumplían tres hombres más a quienes los mozos no relacionaron con el grupo vandorista. Eran Luis Costa, también llamado "Arnold", guardaespaldas que empezó su carrera en Mataderos al servicio del dirigente Carrasco: Tiqui Añón (o Agnon), del secretariado de la UOM, y un metalúrgico de San Nicolás, Juan Ramón Rodríguez, que estaba de paso en Buenos Aires.
El despliegue protector, que reflejaba las aprensiones del dirigente metalúrgico, se repetía en su propia mesa. A su derecha, en la cabecera, estaba Armando Cabo, un hombre de la vieja guardia metalúrgica, héroe de la Resistencia, ahora dilapidado por las transacciones y el alcohol; a su izquierda, un guardaespaldas: Raúl Valdés; seguían Juan Taborda, chofer de Vandor; el asesor del gremio metalúrgico, Emilio Barreiro, y otro hombre que figuró en la Resistencia: José Petraca. Frente a ellos se ubicaron Norberto Imbelloni, delegado de Siam Automotores, con licencia gremial; Rosendo García y Nicolás Gerardi, prosecretario del bloque justicialista de diputados de la provincia .
Gerardi había insistido en concurrir a la reunión de jerarcas, cuya primera parte se estaba desarrollando en el Roma.
-No te van a dejar entrar -le dijo Vandor cuando lo encontró esa noche en la UOM.
-Con el carné que tengo, no me para nadie -bromeó el prosecretario, y Vandor lo llevó en su auto.
Con excepción de Barreiro, Imbelloni y Gerardi, todos estaban armados.
No se sabe con seguridad quién fue el primero que reparó en las mesas de Blajaquis. Más tarde, declarando ante el juez, Vandor dirá que al levantar la vista "en forma instintiva" observó a un grupo de personas en una mesa ubicada a unos ocho metros. Le pareció ver que buscaban espacio moviendo las sillas y eso le llamó la atención. Imaginó entonces "por un sexto sentido que esas personas tratarían de provocar".
-¿Qué te pasa que estás tan nervioso? -le preguntó Rosendo.
-De esa mesa me están mirando -dijo Vandor-, me están haciendo muecas. Ya no se puede ir a ningún lado.
Según Imbelloni, el asesor Barreiro atizó los temores.
-Son trotsquistas -dijo.
Armando Cabo quiso salir de dudas. Ordenó a Taborda:
-Andá a, buscarlo a Safi.
El senador Julio Safi era uno de los que cenaban en el Roma, muy cerca de allí. Había tenido contactos con el grupo de Blajaquis, y era la persona apropiada para establecer su filiación. Se despidió del pollo y acudió en compañía del dirigente del vidrio, Maximiliano Castillo, y del propio Taborda. Estas son las tres personas que todos los testigos vieron entrar unos minutos después de Vandor.
Lo que hizo Castillo, se ignora. Taborda cedió su silla a Safi, quien pidió un coñac que no llegaron a servirle, y según algunos pretendió disipar las dudas de Vandor; según otros, agravarlas.
Acababa de sentarse Safi, cuando del grupo opuesto se levantó un hombre, avanzó en dirección a ellos, siguió de largo hacia el baño ubicado en el fondo. Norberto Imbelloni se paró y fue tras él. Y detrás de Imbelloni, alguien más, que pudo ser el propio Castillo.
Rolando Villaflor estaba pagando la cuenta cuando vio que se levantaba Imbelloni: 710 pesos.
-¿Qu
21 Febrero 2012
Gendarmería Nacional secuestró 370 kilogramos de marihuana durante un operativo de control en la ciudad misionera de Puerto Rico. La droga, valuada en más de 1.700.000 pesos, estaba acondicionada en 12 bolsas de arpillera que contenían 343 paquetes. La habían distribuido en la selva y no hubo detenidos por el caso.
7 Septiembre 2011
El Ejército dio luz verde al casamiento entre un teniente coronel y un capitán quienes habían solicitado autorización para contraer enlace en el marco de la nueva normativa para matrimonios del mismo sexo, en tanto una pareja de suboficiales, también de la misma institución armada, inició los trámites de su caso. Así lo dio a conocer hoy el diario Tiempo Militar.
Aunque la identidad de los dos contrayentes por ahora se mantiene en reserva, ya se sabe que el matrimonio se realizará en Capital Federal, cuya legislación fue la primera en admitir esta nueva condición.
Como el casamiento se realizará dentro del marco civil, sin acto religioso, no correrá la normativa de ceremonial que establece que un oficial u suboficial debe vestir su uniforme de gala, con las distinciones o condecoraciones si las tuviere, al momento de contraer nupcias.
En el ámbito civil se han realizado ceremonias en el marco religioso a cargo de oficiantes no reconocidos formalmente por la jerarquía eclesiástica católica.
Ahora, en caso de que los contrayentes quieran podrán pedir que se les apliquen las normas de ceremonial militar.
La institución viene haciendo cambios paulatinos para adaptarse a la realidad social. Hace poco las cúpulas de las tres fuerzas armadas hicieron un acto en el Ministerio de Defensa donde participaron distintos sectores de la comunidad homosexual, quienes celebraron la decisión gubernamental de eliminar todo tipo de discriminación en el ámbito militar.
7 Septiembre 2011
Será la primera boda entre dos hombres putos militares en ese país
Buenos Aires - Un teniente coronel y un capitán del Ejército de Argentina contraerán matrimonio, en la que será la primera boda entre dos hombres PUTOS y militares en ese país, informó la prensa local.
La noticia fue divulgada por el medio especializado Tiempo Militar, que señaló que los dos efectivos, cuya identidad no reveló, pidieron autorización al Ejército para contraer enlace civil.
Sin embargo, fuentes del Ministerio de Defensa aclararon que los integrantes de las fuerzas armadas, cualquiera sea su sexo, no tienen por qué pedir autorización a la autoridad militar para casarse porque las normas que establecían esa condición fueron derogadas desde 2008.
No usarán uniforme pero es como un VIVA LA PATRIA
Según informó Tiempo Militar, sin citar las fuentes, también una pareja de suboficiales varones del Ejército argentino inició los trámites para casarse.
La publicación indicó que "debido a que la ceremonia de casamiento será estrictamente en el marco civil, no previéndose ningún tipo de acto religioso, no será necesaria, en ninguno de los casos, aplicar la normativa de ceremonial que establece que un oficial u suboficial deberá vestir su uniforme de gala, con las distinciones o condecoraciones si las tuviere, al momento de contraer nupcias".
En julio de 2010, Argentina se convirtió en el primer país de Latinoamérica en habilitar por ley el matrimonio entre personas del mismo sexo y desde entonces se han realizado cerca de 3,000 bodas de este tipo.
1 Septiembre 2011
La Alfano está sirviendo para tapar el afano.
La desmesurada operación de prensa montada por el kirchnerismo en torno de la vanidad de Graciela Alfano, no es otra cosa que otro grotesco distractor de los temas que realmente están lastimando a los argentinos. El oficialismo adora estas maniobras con la misma intensidad que condena cuando se las hacen.
Precisamente un día antes que la presidente presente la declaración jurada que le demanda la ley, los segmentos siesteros de chimentos se abocaron a los dichos de la Alfano, producto de una típica cama con movileros instruidos y paneles de chimenteros afilados, que interrumpieron su rutina de estupidización y frivolidad, para dedicarse –en un sospechoso unísono- a una forzada retrospectiva sobre derechos humanos… por primera vez en la historia de la televisión argentina.
Hace 48 horas, todos los programas de TV, todos los diarios y tabloides, todos los portales, todas las radios, tienen titulares llameantes sobre los dichos de la siliconada estrella.
Nadie, ningún medio de comunicación nacional, encabeza su oferta informativa con lo que debiera ser la noticia que más tiene que ver con nuestra realidad: Desde que llegaron al poder en el 2003, los K incrementaron su patrimonio 3.540%.
Cómo hizo para enriquecerse de esa manera una familia argentina, que está dedicada de lleno a la política desde 1983, es un desafío para la imaginación. Cómo hizo para volverse millonaria una supuesta abogada, cuya firma no aparece registrada en ningún escrito judicial del país y con ingresos solo provenientes de salarios públicos desde 1995, es materia para Mandrake.
Hoy, nuestra presidente está entre las 17 mujeres más ricas del mundo, llenándonos de orgullo y tapándole la boca a los que criticaban los nuevos paradigmas de redistribución de la riqueza nacional.
Pero los argentinos no hablamos de eso. No lo analizamos. Estamos cercados por el dilema ético y moral que nos plantea la conducta privada de Graciela Alfano.
Tampoco hablamos de que la nafta súper ya cuesta seis pesos. Un tanque que en el 2003 se llenaba con $125, hoy se llena con $360. Los precios del combustible son un buen ejemplo de que éstos no se están “acomodando” ni son “solo producto de la especulación”. Es el carismático Guillermo Moreno quien los fija.
Menos aún estamos prestándole atención a las denuncias dispersas sobre más de 1.600 telegramas del comicio del 14 de agosto (la mayoría del Chaco, Formosa, Misiones y Santiago del Estero), con cifras muy distintas a las de las actas de escrutinio, siempre a favor del oficialismo. Estamos en presencia de indicios sólidos de fraude electoral, en base a la adulteración de un documento público como es el telegrama; pero para la jueza Servini de Cubría no son más que “picardías” de algunos presidentes de mesa. Picardías con un solo beneficiario.
Estos, y muchos otros temas están siendo relegados por los dichos de una diva y el coro de pícaros rentados que los amplifican y ramifican. Si todo sale según lo planeado, la Alfano servirá para tapar el afano.
27 Agosto 2011

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