La Coctelera

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17 Diciembre 2006

Tiempo de juntar las piedras

El 5 de noviembre último, un grupo de viajeros llegó al dormido pueblito de Villa Domínguez, en la provincia de Entre Ríos. Se los podía identificar a partir de dos datos: ninguno era muy joven, todos miraban a su alrededor con ojos alucinados. Los criollos que les sonreían hospitalarios sabían por qué: esos hombres y mujeres de aire enternecido descendían de los primeros colonos llegados a la provincia a fines del siglo XIX, gracias a la Jewish Colonisation Administration, creada por el barón Maurice de Hirsch. La comunidad Lamroth Hakol acababa de restaurar el pequeño pero entrañable Museo de la Inmigración, dirigido por Osvaldo Quiroga, un entrerriano de pura cepa, apodado El Chuja y consagrado con tal pasión al estudio y la preservación de esta historia sucedida en su tierra que algunos hasta han pensado en otorgarle un título: "judío honorario".

El barón, como sabemos, era un millonario alemán que resolvió comprar tierras en la Argentina, destinadas a fundar colonias para salvar de los pogromos a los judíos de Rusia. Su decisión sobrevino tras la visita de Wilhelm Loewenthal, médico higienista que le contó una escena espantosa: ochocientos judíos rusos arribados a la Argentina en el vapor Weser estaban abandonados en medio de la pampa santafecina, cavando con las manos las tumbas de sus primeros sesenta muertos. Los habían engañado con falsas promesas, una tierra prometida que a su llegada jamás apareció. El barón comprendió entonces que su misión consistiría en salvarlos (fueron los primeros pobladores de la colonia de Moisés Ville), pero también en rescatar a todos los otros: arrancarlos a la Rusia de Alejandro III, donde vivían bajo la amenaza de la policía secreta o de cualquier cosaco algo achispado dispuesto a desfogarse rasgando sus colchones y sus carnes.

Mis abuelos Samuel Dujovne y Sara Brun venían de Moguilev-Podolski, hoy Ucrania. Corría el año 1900. Viajaron junto con Isaac, hermano de Samuel, y con su esposa. Pero no bien posados sus baúles en el Hotel de Inmigrantes, los administradores de la Jewish les anunciaron que habían sido destinados a colonias distantes entre sí. Isaac y su mujer fueron encaminados a Basavilbaso, que pertenecía al conjunto de colonias llamado Lucienville en recuerdo de Lucien Hirsch, el hijo del barón a cuya muerte éste exclamó: "Mi hijo muere, pero la humanidad hereda mi fortuna". En cambio, Samuel y Sara fueron a parar a Colonia Carmel.

El minúsculo asentamiento formaba parte del grupo denominado Clara en homenaje a la esposa del barón, que al año de la desaparición de su hijo se murió de tristeza. El barón la siguió en 1896. Nunca visitó las colonias, que quedaron en manos de una administración severa y puede que corrupta.

El hermano de Samuel era un hombre religioso. El respetó el contrato firmado con la Jewish, se estableció, se hizo "gaucho judío" y sus hijos y nietos fueron en sulky a la escuela. En cambio, mi abuelo no era religioso, sino socialista, luego desobediente. Y quiso el destino que le tocara en suerte una colonia próxima a la de Villa Domínguez, cuyos habitantes de ideas avanzadas tampoco solían aceptarlo todo como palabra santa.

El contrato con la Jewish era considerado draconiano y hasta, en ocasiones, negrero. Es que esa empresa filantrópica, pero también rentable, obligaba al colono a saldar sus deudas durante largos años, antes de convertirlo en propietario. El criterio provenía del mismo barón, que no intentaba hacer beneficencia sino "redimir" a los judíos por el trabajo de la tierra.

Una excelente idea, aunque de aplicación difícil en esa pampa virgen. Cuando la manga de langostas terminaba en instantes con el esfuerzo de un año entero, los administradores aplicaban el reglamento al pie de la letra y exigían el pago íntegro sin atender razones.

Tuvieron que quitarse los caftanes, de un negro brilloso, para talar los espinillos a fuerza de hacha. Los gauchos criollos les enseñaron a usar bombacha bataraza, a calzar alpargatas. Ellos les correspondieron iniciándolos en el arte de sembrar. En Rusia, durante siglos, el acceso a la tierra les había estado negado, y esta planicie entrerriana provista de un horizonte elástico que iba retrocediendo a medida que trataban de alcanzarlo parecía indomable. Pero contaban con un maestro: el ingeniero Sajaroff, un exitoso agrónomo recibido en Rusia que viajó a las colonias para adiestrar a sus paisanos. También contaban con un médico, el doctor Yarcho, yerno de Sajaroff, que recorrió durante años en su vieja volanta aquellas soledades, para atender a los judíos, o a los criollos, o a los suizos, o a los alemanes del Volga, y al que Juan L. Ortiz, el luminoso Juanele de los versos cristalinos, le dedicó un poema.

Samuel no aprendió a andar a caballo ni a sembrar nada, salvo un canterito con flores. Era maestro. En Colonia Carmel lo esperaban con su escuelita lista y hasta con dos perros con nombre: Pleve y Stolipin, los dos ministros antisemitas del zar. Fiel a sus convicciones, Samuel enseñó a sus alumnos la historia bíblica buscando la explicación racional: "Moisés sacó agua de la piedra porque encontró una fuente subterránea"; "los judíos que huían de Egipto atravesaron el Mar Rojo porque esperaron la marea". Allí, en 1903 y en esa escuela de campo nació mi padre. Pocos años después, mis abuelos abandonaron el campo.

En eso, el abandono, fueron pioneros. Las colonias comenzaron por triunfar (el sueño de los trigales dorados se volvió cierto), pero, una generación más tarde, o dos, los gauchos judíos ya dejaron de serlo. Las razones fueron tres: los estudios superiores (no había padre ni madre que no fantaseara con "m hijo el dotor"), la rigurosa aplicación, por parte de la Jewish, de otro criterio del barón, según el cual los hijos de los colonos recibirían tierras alejadas (nadie tenía ganas de empezar de nuevo con el hacha para talar los espinillos, y además la estrategia de separar a las familias para evitar la formación de núcleos de protesta les resultaba odiosa), y la muerte del ferrocarril: cada asentamiento había surgido a partir de una estación de tren. Cuando los trenes se pararon, los pueblitos fueron muriendo.

Como se dice hasta hoy, en las colonias sembraron trigo y cosecharon doctores. Alberto Gerchunoff, Samuel Eichelbaum, César Tiempo, Blackie, las hermanas Chercov, los hermanos Dickman surgieron de aquella buena idea del barón Hirsch. También cosecharon ideologías: una abrumadora mayoría de judíos con padres chacareros engrosó los movimientos de izquierda.

Este 5 de noviembre, la visita al museo de Villa Domínguez fue un momento extraño. Los organizadores del encuentro, Abel Evelson y Roberto Strauss, parecían tan a punto de llorar como los visitantes. Después de un asado con varenikes y de un espectáculo de música klezmer con gatos y milongas pampeanas, un ansioso tropel se amontonó ante las fotos de barbudos intensos y de madonas dolientes; ante las mesas tendidas con mantel blanco y candelabros; ante los libros escolares donde aparecía un mate dibujado junto a unas letras hebreas. A todos nos parecía volver a casa. Paralizado frente al retrato de un impresionante rabino de luenga barba, un grandote con barba de psicoanalista argentino y no de judío practicante repetía como en éxtasis: "¡Mi abuelo! ¡Este es mi abuelo! ¿Me parezco?". Yo no encontré a mi abuelo pero sí un banco de colegio, de madera, tallado a mano, ornado con una estrella de David y que decía: "Pupitre de la escuela de Colonia Carmel".

Sé que Carmel ya no figura en el mapa, pero igual emprendo la peregrinación, al menos para ver el tamaño de esa estepa excesiva que a mi abuelo le parecía demasiado grande. Me han prevenido que sólo quedan un cementerio, una minúscula sinagoga a medias derruida, y la chacra del último gaucho judío del pago aquel, Jaime Jrutz. "¿Cómo? - balbuceo- ¿Cruz?" No, por más que pareciera, al verlo con sus bombachas y oírlo con su idioma de zetas. Jrutz nos espera junto a otro paisano de Carmel que también habla ceceoso, quebrando la cadera y la rodilla a cada acceso de risa. "¿Y esa casita?", pregunto, señalando una tapera levantada en el cruce entre la nada y la nada. "Ah, ¿ eza ? Era la ehcuela ".

Apoyo la mano sobre el revoque amarillento que guarda la temperatura del sol. Inesperada certidumbre, esta rugosidad, esta tibieza me confirman la realidad de una historia de dispersiones, puede que de reencuentros. El hallazgo de la casa natal me trae a la memoria dos versículos del Eclesiastés que hablan de ese momento de la existencia en que deseamos rescatar lo perdido: "tiempo de esparcir las piedras y tiempo de juntarlas"; "tiempo de desgarrar la tela y tiempo de coserla".

Este cuento podría terminar aquí, y sólo entrañaría la tristeza de las arenas que la vida se llevó. Por desgracia, el final es otro, y el muro también. De regreso a Buenos Aires pasamos frente a la Facultad de Filosofía y Letras donde yo misma cursé estudios alguna vez. Con nosotros viajaba una profesora de la UBA. "¿Ven esa pared? -nos preguntó- Ahora ya han borrado lo que habían escrito. Sucedió hace muy poco. La Facultad convocó a una reunión para repudiar la inscripción, pero los delegados estudiantiles se negaron a firmar el acta de repudio". Aunque blanqueada por encima, la frase le otorgaba al consejo bíblico de juntar las piedras un sentido bastante más terrible. Esa frase provenía de aquellos años 30 en que surgieron los periódicos nacionalistas antisemitas Pampero y Clarinada. Ella también volvía desde el fondo de una historia cuyos demonios siguen girando. "Haga patria -decía-.

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