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2 Marzo 2008

Desde siempre

"...una cultura que deja insatisfechos a un número tan grande de sus miembros y los empuja a la revuelta no tiene perspectiva de conservarse de manera duradera ni lo merece."

S. Freud (1)

el pan ocupa un lugar preponderante en la historia de la humanidad. Casi como emblema del pasaje de lo crudo a lo cocido, del avance cultural, de la agricultura como intento de organizar la producción de comida para que más personas puedan alimentarse, para que la gente no padeciera hambruna.
El pan que representa el milagro de la supervivencia, de la garantía absoluta contra una de las miserias bíblicas: el hambre. El pan mítico, garantiza la ilusión que la humanidad podrá dar de comer a sus hijos.
Quizás de esta manera se imaginaron los fundadores la panificadora Grissinopoli que la crearon hace más de cuarenta años.... tal vez por ello ese nombre pomposo, casi mitológico, de ciudad del grissin. Un delgado y pequeño cilindro de una especial harina malteada: esa es la versión elaborada de la tan pomposa y rimbombante empresa.
La ciudad, la polis del grissin, está ubicada en el centro de un barrio de la ciudad de Buenos Aires que estaba lleno de pequeñas empresas, conocido también como los talleres de Chacarita, muchos portones para el ingreso de camiones, carros y chatas. Barrio donde las casas están al servicio del taller, esto es, primero aparece el taller y detrás o arriba el hogar familiar del dueño.
Lógico que Chacarita con esta estructura de producción fabril lejos estuvo del reciclado y embellecimiento. Se mantuvo fiel a su estilo obrero y popular y no lejos de la fábrica está uno de los más logrados e históricos complejos de viviendas populares.

La causa de la revuelta

El caso que nos ocupa es la historia de una fábrica abandonada a su suerte por sus dueños, y en la cual una producción industrial, seriada, de grisines, pan dulce y bizcochos de grasa, constituía la relación entre obreros y patronal. La fábrica llegó a tener más de cincuenta personas trabajando. Luego de una larga agonía que comienza en el año 1998, los obreros, que habían creído en los patrones, y por ello habían sido sometidos a sus órdenes y desplantes, se organizan y deciden realizar una huelga a partir del día 3 de junio de 2002, para reclamar, casi con vergüenza y temor, por sus diez meses sin cobrar salarios.
Se inicia así el primer movimiento de los trabajadores para defender su fuente de trabajo. Es decir, generan una organización no sólo para frenar la extinción de la fábrica, fundida y vaciada por los capitalistas, sino para sostener su propia existencia como obreros.
Para ello se organiza la asamblea obrera, como instrumento específico para llevar adelante la lucha. Surgen así la huelga y sus símbolos: el piquete en la calle, la característica fogata y la olla popular, que se presentan como la evidencia de la ruptura de la legalidad burguesa, dado que los patrones desaparecen dejando a los obreros en la indigencia y el abandono, luego de haberlos estafado.
En principio, los obreros centran sus expectativas en la Justicia y esperan de la misma un fallo favorable. Cuando esta ilusión se rompe, cuando la fábrica es entregada a otro grupo patronal, la asamblea de obreros comprende que la lucha pasa de la esfera judicial a la política. La lucha de clases muestra que los obreros para sobrevivir tienen que avanzar hasta las últimas consecuencias y éstas, necesariamente, obligan a develar las intrincadas relaciones que rigen la protección de la propiedad privada y que para oponerse a las mismas necesita encontrarse con otros sectores en lucha.
Son jalones en esta lucha el primer festival organizado por las revistas Topía y La Maza y la solicitada que lo acompaña. Consecuente con lo anterior esta lucha por lo legítimo -que se aleja del campo de lo estrictamente legal- se consolida el histórico el 10 de agosto cuando se realiza una asamblea en defensa de la fábrica, que nuclea a las distintas fuerzas que componen el movimiento social.
Esta asamblea convoca a compañeros de otras fábricas ocupadas que van a contar su experiencia; a las asambleas barriales que rodean con entusiasmo y propuestas a los obreros; a sectores de la cultura y el arte que producen eventos para difundir y sostener la lucha; a los jóvenes de los centros de estudiantes -tanto secundarios como universitarios-, que toman un papel activo en la protección de la fábrica. Es así como las distintas fuerzas políticas y sociales elaboran un acuerdo amplio para brindar apoyo a los obreros.
Pocos días después se hace la primer producción de grisines bajo control obrero, cuya venta se realiza solidariamente en asambleas, actividades científicas, en la universidad, a través de los centros de estudiantes. Se hacen distintas distribuciones de la producción: por las asambleas, otra en la universidad por los centros de estudiantes, otra con los vecinos del barrio, otra por Topía, en jornadas, congresos, etc.
Así el piquete y la huelga convierten a la fábrica en un poderoso polo de convocatoria. De estar a punto de morir, nace un nuevo espacio social, comunitario, que aúna esfuerzos y voluntades en pos de la transformación social. En poco tiempo, aquel primer grupo temeroso, de personas que sólo tienen su fuerza de trabajo, organiza una lucha con un objetivo: sostener la fábrica, derrotar a la muerte por extinción, que los dueños decretaron tanto para los trabajadores como para sus familias. Se produce una nueva realidad que lleva a los obreros, que habían iniciado esta lucha por reclamos salariales, a pedir la expropiación de la empresa a su favor.
Así, el encuentro con las fuerzas sociales y políticas hace que los obreros desplieguen una acción cada vez más osada y esclarecida, que pone en cuestión la propiedad privada, revela la potencia de los débiles, y destraba la convicción de que la empresa requiere de los dueños y sus técnicos para hace producir la línea de la panificadora. La deserción del grupo patronal, es sustituida por el estado, que sigue siendo capitalista -el famoso tema de la legalidad, leyes, ordenanzas que están al servicio de la defensa de la propiedad privada- Porque la justicia no deja de ser un brazo más del poder, justicia de clase. Y la clase funciona figura más allá de que los dueños de una empresa escapen. En este caso, un estudio de abogados hace un acuerdo espurio con los dueños anteriores y con argucias legales compra la empresa a precio vil, para realizar un negocio inmobiliario. Esto es posible porque a raíz de las exigencias del FMI, la ley de quiebras permite estas maniobras. En el juicio por la quiebra de Grissinopoli se aplica, en forma por demás irregular, la figura jurídica del crowndown, que en Estados Unidos se utiliza para garantizar la continuidad de la empresa. Aquí resulta ser para destruirla y transformarla en un negocio inmobiliario.

Los que producen y transforman esa realidad

Cuando los obreros toman la fábrica defienden la empresa y la ponen a producir, es decir, se oponen a las relaciones jurídicas que defienden siempre la propiedad privada -que en este caso implica la muerte de la fábrica como unidad productiva con perfecta capacidad para producir pan y derivados del mismo-. Los obreros ejercen la fuerza para dejar de ser ratones en las garras del gato: “Con fuerza se asocia la idea de algo que está próximo y presente. Es más coercitiva e inmediata que el poder. (...) cuando la fuerza dura más tiempo se convierte en poder. Pero en el instante crítico, que llega de pronto, en el instante de la decisión y de lo irrevocable, es otra vez fuerza pura. El poder es más general y más vasto que la fuerza, contiene mucho más y no es tan dinámico. (...) implica incluso una cierta medida de paciencia” 3.
El punto de unión es ser un grupo de obreros que se han quedado sin trabajo; cuya acción es luchar por defender la fuente de trabajo, reconstruir todo el saber y el quehacer de la empresa, para descubrir que pueden manejarla. Así comienza a romper con el sometimiento al patrón, que los ha estafado, se hace añicos la concepción de que los dueños saben más y son mejores que ellos. Se alejan del sometimiento y la culpa ante el poderoso.
Es decir que son una potencia que se organiza para plantearse, para sí y para los demás, como la expresión de nuevas identidades colectivas que van produciendo realidades cualitativamente diferentes, donde la resignación y el sometimiento no tienen lugar.
Claro que este proceso es largo y difícil. La posesión limitada que logra la cooperativa de obreros La Nueva Esperanza para poner en marcha la fábrica, necesita producir realidades, tanto para los obreros, como para las fuerzas políticas y sociales, que impidan la vuelta al pasado: que ninguna forma de patrón se apropie de la tarea autogestiva que este grupo sujeto de su historia intentará realizar. Todos o ninguno.
Es necesario que peleen por rechazar ser patrones de nuevo tipo, entender que sólo por motivo de la lucha, están apropiándose de su trabajo. Es decir que este grupo de obreros salió de la resignación, comenzó con la resistencia y se trata, ahora, de ver cómo se desarrolla en la lucha política por la transformación de la sociedad. Son muchos los peligros que acechan a esta experiencia -como a las otras empresas comunitarias-, la sobrevivencia y desarrollo de la misma está inexorablemente ligada a la lucha del movimiento social. Esa es su única garantía y también su potencia, enorme, para poder afirmar que otra Argentina es posible. Que permita, actuando con otras fuerzas y saberes, transformar lo ideal en real.

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